EL POETA

Recuerdo el asombro de un juez de Eindhoven, que lleva en sí la cultura pictórica de largas familias de Holanda. Pero la cita era en Los Alpes franceses. Frente a frente emergía el Mont Blanc, la cumbre más alta de Europa occidental. Entramos a una iglesia irrepetible, un cofre que contiene muestras de lo más granado de la pintura de la primera mitad del siglo XX. Mi amigo Van der Velden conocía bien el templo, pero ahora le asombra cuanto Myriam de Soto comenta de un vitral, del mosaico frontal de Léger, de dos obras de Rouault, de un espléndido Chagall. Hasta que la voz de Myriam llega a comentar un magnífico lienzo de la final madurez de Bonnard. Es un retrato imaginado de San Francisco de Sales. Nuestra española nos analiza las paletas de morados y naranjas, y el deslizarse de azules y de grises. Y nos desvela, en el dibujo, el ademán paternal del personaje.

Ese recorrido alpino nos mostró algo de lo que nuestra guía es en su propio arte: un trasfondo de siglos y de sentimientos recientes. Pero de ese bagaje la artista ha elaborado toda externidad en una belleza libre, expansiva y amigable.

La percepción en nuestro encuentro alpino, se confirmó al visitar el estudio de Myriam, en Madrid. Ahí llegué a comprender por qué los buenos augurios de sus maestros, en el variado camino de aprendizajes, habían sido confirmados. Por así decirlo, la profecía ya era cumplimiento. Sí, ella tiene voz serena, cuño propio, y en su obra se traman hilos múltiples ofreciendo la belleza, como resplandor de sentido vital.

Alguien me comenta en Madrid: "La plástica de esta mujer es una intrínseca comunicación amistosa, invitadora". Y agrega: "Conozco una tela suya que cuelga en una sobria casa. Cada vez que vuelvo por ahí, me parece algo necesario que aquel cuadro permanezca en ese muro, porque su colorido habla y acoge".

La artista de Soto tiene una interna coherencia. En un viaje con un grupo de inquietos caminadores, íbamos por el Desierto de Atacama, el más seco del planeta. De pronto, entre los adustos amarillos y ocres, Myriam descubre un oasis. Así como los beduinos exhaustos, aceleró el paso. El presagio de una fuente cantarina, la vigorizó y alertó. Algunas palabras suyas sobre el triángulo sequía, cielo y vegetación, establecieron un ambiente de fineza contemplativa. Creó desde lo terráqueo y lo aéreo un paraje nuevo. Tal experiencia se me revivió al recorrer los caballetes de pinturas en el estudio de Myriam, en el barrio de Salamanca.

Joaquin Alliende Luco. (Santiago de Chile 1935) Sacerdote y reconocido poeta, es miembro de la Academia Chilena de la Lengua y de la Real Academia Española.

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